Por: Fernán Pavía Farrera. Médico, promotor cultural y cronista tuxtleco.
Nos han habituado a conocer dogmáticamente la Historia de los meçiti, impropiamente llamados Aztecas, con base en el Códice Mendocino y los historiadores del siglo XVI hasta principios del XVII; según la Tira de la Peregrinación, aztecas son las tribus que emigraron desde el mítico aztatl-tlantli, abundancia de garzas, pero la que en su largo caminar aprendió a cultivar el metl, maguey y obtener el jugo dulce de su centro, xictli, tomarían ese nombre, metl-xictli, que en el documento del Virrey Antonio de Mendoza pasó como meçiti y a su sitio del tunal y la roca, (abdad de México fundada y poblada por los mexicanos G (que) en aquella sazón se nombraban meçiti. Transcurridos cuatrocientos cincuenta años, buscar alternativas para satisfacer personales dudas respecto a la credibilidad de los textos parece inaudito, pero aceptar una historia basada en informantes y tradiciones, no es honesto; por eso hemos buscado interpretar un documento original, la “Matrícula de Tributos” y su confrontación con testimonios manuscritos por participantes, como Hernán Cortés en sus Cartas de Relación, Pedro de Alvarado y sus Cartas a Cortés, Fray Tomás de la Torre y su Diario, Cédulas Reales de Carlos I de España y V de Alemania e historias de Bernal Díaz del Castillo, Fray Antonio de Remesal y Thomas Gage, entre otros.
Consideramos la “Matrícula de Tributos” como documento genuinamente indígena, por haber sido dibujado en corteza de amate, mediante técnica de trazos, colores, contenido regional geográfico, administrativo, militar, etnográfico, histórico y expresividad muy particular. Por la diversidad y riqueza de su contenido, tiene tanto o más valor arqueológico que una piedra grabada. Originalmente debió ser una tira con longitud aproximada de 8 a 9 metros por cuarenta y dos centímetros de ancho, plegado en forma de biombo; como consecuencia del arrasamiento de la Casa de Moctezuma por Pedro de Alvarado y sus ejércitos, sufrió manchas por agua, sangre y lodo, además de fragmentación y abandono durante 15 o 20 años, hasta que fue recuperado por los sacerdotes del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, fundado por el Virrey Antonio de Mendoza después de su llegada a la Nueva España en 1535.
El más preparado y persistente de esos sacerdotes fue indudablemente Fray Bernardino de Sahagún; por eso no dudamos en aceptar que con muy paciente dedicación, se dio a la tarea de estudiar los dibujos entonces considerados como infernales y diabólicos, restaurar hasta donde le fue posible, desdoblar y recortar 32 láminas de aproximadamente 29 por 42 centímetros, adherirlas por el verso mediante mucílago y papel europeo intermedio, para finalmente encuadernarlas empleando hilo de cáñamo o de agave. No escapa la posibilidad de que algunas láminas hayan sido sustraídas y posiblemente permanezcan ocultas, en poder de algún coleccionista. Se conserva en el Instituto Nacional de Antropología e Historia de la Capital mexicana, pero accesible a los curiosos en edición de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, México 1968, con presentación original del arzobispo de México (1776-72) Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón e interpretación de José Corona Nuñez; o también en Historia de México “Salvat” Tomo 3, con interpretación de Víctor M. Castillo Farreras, 1985. Después de observar detenidamente y muchas veces éstas 32 láminas se llega a la conclusión de que las explicaciones que se han dado, tanto por investigadores mexicanos como extranjeros, han caído en un error primario que ha persistido por siglos y que se sigue repitiendo, ahora como dogma histórico.
Este error consiste en haber aceptado, sin discusión alguna, que las tres primeras láminas forman parte de la Matrícula de Tributos; el error, cometido seguramente por Sahagún al realizar la integración de láminas, se repite magnificado en el Códice Mendocino y se debió a que las provincias representadas inicialmente nunca pudieron ser identificadas con exactitud, porque además algunas vuelven a encontrarse en las láminas 25 y 31 de la misma Matrícula. Debe aclararse que aunque las láminas 1, 2 y 3 no son tributarias, se ha aceptado la secuencia y enumeración actual, porque así está integrado el documento. Además, en virtud de que los nombres no siempre interpretan con certeza lo representado en cada grafía, así como las manifiestas incongruencias al explicar lo tributado, se tomó la decisión de no considerar anotaciones anónimas, ni interpretaciones anteriores.
Lámina 1
Además de ser la más antigua, es la que ha sufrido más agresiones y por lo tanto, es la más difícil de interpretar y consecuentemente de analizar. Se ven tres montañas, dos no identificables por el grave e irremediable deterioro y la tercera, hacia abajo, rematada por cuatro volutas de humo; la cuarta figura es una cabeza crotálica en perfil, abierta hasta las fauces, con una mano sobre el poro nasal; en menor tamaño, tres cabezas de personajes en perfil y una casa de armas. La montaña con volutas es indudablemente el volcán Popocatepetl, “montaña que arroja humo”; señala la primera vez que los metl-xictli conocieron una erupción y causó tanto temor, oscuridad y cenizas durante cinco días, que pasaron a ser esos días aciagos marcados en su calendario para cada año; esta erupción según el Códice Mendocino tuvo lugar el año dos-caña, ome-acatl, 1351 de nuestra cuenta, y a la vez el inicio de la celebración del Fuego Nuevo, señalamiento que se repite cada 52 años, siempre en año dos-caña. Las otras dos montañas no conservan ningún atributo, por lo que también con base en el Mendocino, podrían ser coluatepetl y tenantepetl, las primeras dos conquistas que aparecen dibujadas y escritas como colhuacan pueblo y tenayucan pueblo.
Los tres personajes en perfil significan tres representantes militares, jefes, o caciques. La cabeza crotálica es una cueva excavada a mano, o una mano en imperativa señal de abstención, de prohibición para intrusos, oztotl-maitl u ostoman; la casa de dardos significa lugar para armas o guarnición. La conclusión de ésta lámina es que fue elaborada en el año de 1351 y señala los límites del dominio y expansión de los mecsica en el tiempo de la erupción, 27 años después de la fundación de tenoch-tetl-pan en 1324.
Lámina 2
El contenido es demasiado generoso y se presenta dividida en dos cuartos superiores y un medio inferior, los que contienen cuatro topónimos que no son pueblos, sino áreas geográficas, calpulli, que los castellanos llamaron provincias; éstas cuatro áreas son limítrofes y primero debe escribirse, en lengua nahuatl pero con caracteres castellanos, lo representado por cada una de ellas, para después hacer la localización dentro del área general Mesoamericana. Un contenedor con agua vertiente interior construido de paredes perpendiculares y fondo plano, totalmente enlosado; una mano en acción de levantar compuerta para dar salida al agua retenida, atzacan, atzacoquetza, atzaqua o atzapan.
Este tipo de represas fue encontrado en las montañas Mayas de Belice, en las descripciones de Thomas Gage o de Fuentes y Guzmán sobre el Convento de Santo Domingo, en la Ciudad de Guatemala (Antigua) y en descubrimiento arqueológico de 1994 en Izapa, Chiapas. La obra hidráulica de Izapa en el Municipio de Tuxtla Chico, corresponde a la Fase Guillen, 300 años a. C., obra que desde luego no fue construida por los meçiti, pero que indudablemente la conocieron en pleno uso y la expresaron en ésta lámina 2, como identificación especial para esa área conquistada; así, podemos afirmar que el nombre náhuatl debió ser atl-tzaqua-pan y en castellano Atzacapan o Atzapa, no el corrompido Izapa que tiene el diferente significado sobre lo blanco o sobre la sal.
La nopalera de fruto pequeño, rojo, agrio, indiscutiblemente es xocotl-nochtli; se trataba de la extensa área considerada como desértica (principalmente por la mínima presencia humana en la primera mitad del siglo XVI), situada en la costa del actual Estado de Chiapas, desde el límite con Oaxaca hasta la población maitl-pachtli-tepetl, Mapastepec, como está dibujado en lámina 25 de la misma Matrícula; este xocotl-nochtli no corresponde geográficamente al actual Soconusco, región por siempre muy poblada, de tierra fértil y abundantes lluvias en el sudeste del estado de Chiapas y colindante con la República de Guatemala. La siguiente provincia está representada como el árbol frutado de una variante muy particular de zapote sobre una roca; se trata del verdadero mamey, fruto de la gutífera Mammea Americana, esférico de 15 a 18 centímetros de diámetro, con gruesa pulpa de color anaranjado, consistencia y sabor que mucho recuerdan al durazno: tetl-tzun-tzapotl o tetl-tzapotl, zapote de las piedras; en el resto de la República Mexicana se nombra mamey al zapote colorado, Calocarpum Sapota. Cortés, Alvarado y Bernal Díaz escribieron Zapotitlan o Zapotlan; López de Gómara, Zapatullan y de ahí proviene, por metátesis y metaplasmo, Tzapatulla y el Tapachula actual; durante la Colonia, fue San Antonio Zapotitlan bajo la administración de la Capitanía General de Guatemala y dio origen a la Gobernación de Soconusco y las provincias San Marcos y Suchitepeques, en Guatemala. La cuarta y última provincia es un lago, con encía y dos dientes: atl-tlantli. Los dientes se toman como abundancial, pero también está una mansión, tecpan, con armas y un elevado personaje militar, representante directo a manera de embajador, titlantli. El resultado sería tecpan-atl-titlantli, Tecpan-Atitlan que aceptan historiadores guatemaltecos, la mansión del representante militar metl-xictli en el actual Lago de Atitlán, donde asentaban dos lenguas: zutuhil y cakchiquel. Estas cuatro provincias limítrofes entre sí, únicamente existen entre el Estado de Chiapas y la República de Guatemala. El titlantli también tenía a cargo el cuidado de tetl-tzun-tzapotl, por eso las dos provincias están incluidas en la mitad inferior de esta lámina 2.















