Antonio Gómez Rijo
Maestro especialista en educación física por las Universidad de La Laguna (Tenerife).
Lo educativo del deporte
Es irrefutable el hecho de que el deporte transmite una serie de valores, ya sean coyunturales o propios de la sociedad en la que está inmersa o, por el contrario, preestablecidos a lo largo de las sociedades precedentes. De hecho, “el deporte refleja los valores culturales básicos del marco cultural en el que se desarrolla y por tanto actúa como ritual cultural o «transmisor de cultura»” (Blanchard y Cheska, 1986:37). En principio, deberíamos plantearnos si el deporte es educativo. ¿Está contraindicado introducirlo en la escuela como un medio para transmitir una serie de valores? Empecemos por ver qué consideramos educativo. Según Seirul.lo (1995:62) “lo educativo es lo conformador de la personalidad del alumno”, entendido así no sólo en el ámbito psicológico, obviamente, sino como un desarrollo integral del niño. Para Le Boulch (cit. por Seirul.lo, 1995:62) “un deporte es educativo cuando permite el desarrollo de sus aptitudes motrices y psicomotrices, en relación con los aspectos afectivos, cognitivos y sociales de su personalidad”. Es decir, se trata no sólo de una educación por conocimientos (técnica, fundamentos individuales, táctica,…) como tradicionalmente se había venido transmitiendo, sino, además y sobre todo, de una educación en aptitudes que configuren en el ámbito global de la personalidad del niño una serie de valores propios a la actividad que realizan (no coyunturales ni propios a su sociedad) y que le ayuden a formarse como persona, por encima de las creencias, ideas e ideologías en que, sin ningún género de dudas, se pueden ver inmersos. Se trata de coadyuvar a la formación y no únicamente a la información. Y sigue Seirul.lo (1995:62) que lo educativo del deporte es que contenga como referencia valores de autonomía y libertad, entre otros.
Los valores educativos del deporte
Podríamos indicar que el valor educativo del deporte y la actividad física radica, principalmente, en que a través de éstos el niño llega a construirse las nociones topológicas, espaciales, temporales y corporales por la interacción de él con los demás a través de las relaciones lógicas que establece por el uso de estrategias cognitivas y utilizándolas, a su vez, como medio de analogía para establecer su nivel de desarrollo, destreza, etc. con los que le rodean y así definir sus propias posibilidades y tomar las consecuentes decisiones para el futuro. (B.O.C.1993:1949). Los valores que son susceptibles de transmisión y que sean válidos para los más pequeños son aquellos que, sin llegar a ser coyunturales, proporcionan un sustento como medio para conseguir nuestro fin último: el desarrollo global, integral, de los niños como personas que son (y no como cualquier otra concepción más parcial del ser humano como pudiera ser una más mecanicista o meramente informativa). Por eso, y aunque muchos autores establecen un abigarrado compendio de valores sin establecer un criterio claro, no distinguiendo cuáles son susceptibles de ser considerados como propios al deporte y cuáles abordables desde cualquier otro ámbito de la formación; nosotros, por nuestra parte, vamos a diferenciar los intrínsecos al deporte, por un lado; y por otro, los extrínsecos al mismo.
Valores intrínsecos a la práctica deportiva
Hay una serie de valores que podrían definirse como intrínsecos a la actividad deportiva por ser aquellos que el sujeto “experimenta” contingentemente a la realización de la misma y porque sólo el deporte los transmite en sí mismo. Según Seirul.lo (1995:64-69) son tres los valores endógenos al deporte: el agonístico, el lúdico y el hedonístico. En cuanto al valor agonístico, hay que decir que tradicionalmente ha dado lugar a mal interpretaciones y de no tener mucho cuidado en su utilización es muy fácil tergiversar cuál es, o debe ser, el verdadero sentido en el que se debe entender y utilizar. Hoy en día, es uno de los aspectos centrales en torno a la discusión sobre si se considera factible introducir el deporte en la escuela o no, ya que se entiende que este valor promueve una apología por “aplastar” al contrario, y desvirtúa otros como la solidaridad, el compañerismo, la ayuda mutua, el altruismo, etc. En parte es verdad porque en el deporte actual lo que importa es el resultado inmediato (los números) o el final (utilidades o bienes productivos), “en cualquier caso, la persona, productora de estos bienes, pasa desapercibida” (Seirul.lo, 1995:62). No cabe la menor duda de que practicamos deporte por su valor competitivo; es precisamente su comportamiento agonístico lo que nos atrae del mismo. Siguiendo la “teoría del flujo” de Csikszentmihalyi (1997) lo que se propone es un disfrute organizado de la competición, la búsqueda de la motivación intrínseca a la propia actividad; en palabras del propio autor: “la competición mejora la experiencia únicamente mientras la atención está enfocada primariamente sobre la actividad en sí misma. Si las metas extrínsecas -tales como vencer al adversario, querer impresionar al auditorio o pretender un buen contrato profesional- son lo que a uno le preocupa, entonces es probable que la competición se convierta en una distracción, en lugar de ser un incentivo para enfocar la conciencia sobre lo que sucede” (íbid.:117. Reconocer que el conflicto de la competición debe estar orientada a superar un objetivo y no a los antagonistas (Nisbet cit. por Blanchard y Cheska, 1986:39). Atenuar esta concepción es un labor difícil, sobre todo teniendo en cuenta que la escuela no es un lugar aislado de todo contexto, no es una “burbuja de aire” inmune a las influencias de la sociedad; está la familia, los amigos del barrio, los medios de comunicación, otras culturas, etc. Pero aun así hacemos apología por una concepción donde el típico tópico de “lo importante es participar” deje, de una vez por todas, de ser utópico para convertirse en alcanzable. Y no sólo esto, Cagigal (1979:46) alude a la supercompetitividad que existe en el deporte diciendo que hay que reorientarlo de manera que se considere como “una actividad, donde, sencillamente, puede el hombre recuperar su naturalidad, relacionarse con los demás sin estereotipos preconcebidos, medir su potencia e impotencia; donde, además, adquiere algún aprendizaje al autodominio, a la maduración, valoración y control del entorno, a la derrota…”.
El otro valor que reconocemos es el lúdico. Tradicionalmente, lo lúdico se ha asociado al juego, y de hecho, cuando se consulta cualquier obra que haga referencia a la práctica de la actividad física, se observa como para situar el valor lúdico continuamente se hace alusión al juego. Sin embargo, es gracias a este valor lúdico lo que sirve de balanza al agón del deporte. Es este valor ludus el contrapunto a competir y a ganar del agón. Precisamente por ese componente lúdico, entre otros obviamente, pero sobre todo por ese. Según el currículo (B.O.C,1993:1920) el valor lúdico de la actividad física es un inestimable recurso para favorecer los aprendizajes de los alumnos. Es, gracias a este cambio en la ideología educativa, como se ha transformado lo que antes era una preocupación por informar en lo que ahora se ha dado en llamar preocupación por formar. Ya, por fin, se tiene en cuenta a ese gran ser humano, tan olvidado del proceso educativo a lo largo de toda la historia, llamado discente. Reconocemos cuáles son sus intereses, sus expectativas, sus motivaciones, sus experiencias,… en fin, lo “reconocemos” y esto es un adelanto para la práctica de la actividad física y el deporte (y en general para toda la educación), puesto que es gracias a este valor, en el cual los niños se divierten, como además aprenden. Se trata en definitiva de aprender a jugar y de aprender jugando. El valor higiénico es considerado también por nosotros como intrínseco al práctica de la actividad deportiva, a lo largo de la historia, el hombre siempre, o casi siempre, ha destacado el valor higiénico que tiene la práctica deportiva. En definitiva, el objetivo que nos proponemos es que ese valor higiénico que desde los comienzos de la humanidad ha estado presente en la actividad física, y que tan atenuado se encuentra hoy en esta sociedad imperada por una serie de valores que tienen más en cuenta la superficialidad que la profundidad a la propia persona, lo extrínseco eclipsa a lo intrínseco, se soslayan mucho aspectos que, al fin y al cabo, son los que nos definen como seres humanos, sea aceptado como una parte importante a tener en cuenta en la educación. El último valor al que haremos referencia en este apartado es el hedonístico (siguiendo la terminología de Seirul.lo, 1995). Es ese estado catártico en el que nos sentimos inmersos cuando hacemos deporte el origen de que en un muchos casos nos decidamos por uno u otro deporte. En la vida adulta, el componente hedonístico del deporte tiene un contexto de ocio. Respecto a este valor, es relevante rescatar aquí la “teoría del flujo” de Csikszentmihalyi. La sensación de gratificación intrínseca de hacer algo por el simple placer de hacerlo, sin motivaciones extrínsecas.
Valores extrínsecos a la práctica deportiva
Los valores extrínsecos son aquellos que “desde fuera” le atribuimos a la práctica deportiva. No son, al contrario que los intrínsecos, los que el sujeto experimenta durante la realización del mismo; son los que culturalmente podemos encontrar en ellos. Dependiendo, pues, de la sociedad y/o cultura en la que se practiquen representarán uno u otro ámbito del hombre. Muchos son los valores que podemos atribuir al deporte, y muchos los que podemos potenciar con su práctica. De entre ellos, todos, o casi todos estamos de acuerdo en transmitir: solidaridad, fraternidad, participación, cooperación, respeto a los demás, ayuda mutua, no discriminación ni estereotipificación de actitudes, socialización, comunicación e interacción positiva entre los pueblos, nobleza, valentía, perseverancia, altruismo,…
El problema reside en que educar en estos valores supone formar personas honestas consigo mismas y con los demás, abiertas a nuevas experiencias pero sin anteponer sus propios intereses en detrimento de los demás, considerándose el respeto a la libertad de expresión y a la igualdad de oportunidades como algunos de los derechos más fundamentales de las personas. Sin embargo, no hay quien no piense que ello implicaría una educación para el fracaso; tal y como piensan estas personas, el mundo funciona por una serie de intereses económicos y políticos que trascienden de la educación y que se basan en una amalgama de valores totalmente contrarios a los aquí defendidos como son la lucha por ser el mejor, la competitividad (en el sentido negativo), la individualidad,… Y sería un completo error ignorar esto; pensar que el mundo no funcione así sería cerrar los ojos a una realidad que nos compete (y mucho más a nosotros) afrontarla. Creemos (y debemos) educar a través de la práctica deportiva, cuando menos, en estos valores por todo lo que hasta aquí hemos proclamado. Pensar que todo esfuerzo va a ser inútil supone aceptar la derrota sin haber peleado; es nuestro deber cambiar, en la medida de lo que se pueda (y en lo que esté al alcance de nuestra mano), esta sociedad que nos ha tocado vivir y con la que, paradójicamente, tanto nos identificamos.
Conclusiones
Estaremos de acuerdo que la transferencia de los valores educativos de la Educación Física y el deporte no se hacen espontáneos; están supeditados a la pedagogía (B.O.C., 9-IV-1993:1949) y es a este respecto por lo que se hace necesario el que el propio maestro, educador físico, entrenador, etc…. sea consciente y coherente con lo que hace y cómo lo hace. Es irrefutable el hecho de que la pedagogía es el fundamento de la educación (en cuanto que es de aquélla de la que se nutre toda orientación en el ámbito educativo), por ello, inherente a toda formación del profesional de la Educación Física o del deporte está la base filosófica o ideológica sobre la que se sustentará su intervención educativa; sobre ella versará la jerarquía de valores (implícitos o explícitos) que tratará de transmitir a sus alumnos, jugadores, etc…. formarlos críticamente (en la medida en que se pueda) para que establezcan su propia jerarquía de valores y sepan resolver dilemas morales.
Creemos que se debe “educar en sentido amplio, educar para que los alumnos y alumnas se conviertan en ciudadanos capaces de alcanzar un sentido de realización personal” (Gutiérrez, 1996:39). En definitiva, el deporte en sí mismo no es ni bueno ni malo, es nuestra sociedad la que le otorga un sentido u otro, dependiendo del nivel de control o mantenimiento de las estructuras que la componen y como lo desea ejercer. De lo que se trata, pues, es de cómo nosotros logremos utilizarlo en beneficio de nuestros alumnos, siempre desde la perspectiva educativa. Así, como dice Huxley (cit. por Gutiérrez, 1996: 40), “bien utilizado el deporte puede enseñar resistencia y estimular el juego limpio y el respeto por las normas, un esfuerzo coordinado y la subordinación de los intereses propios a los del grupo; mal utilizado, el deporte puede estimular la vanidad personal, el deseo codicioso de victoria y el odio a los rivales”. Tratemos, ipso facto, de auspiciar la primera opción, aunque en muchos casos se vaya en contra de lo que se impera.
Bibliografía
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