EL NIÑO Y LAS ARTES

Publicado el 15 noviembre 2010 por Fausto Carámbura*

Antonio Durán Ruiz

El dormir y el soñar son fenómenos, aunque extraños, saludables; a más sueños menos síntomas. El sueño quizá sea la válvula por donde se fuga la locura. Jorge Luis Borges (2000) dice que “la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”.

Niños con menos juegos y menos sueños sólo profundizarán la patología social. Mediante sus juegos, el niño se instala en la vida; resuelve sus conflictos, sus fantasías de devoración y de mutilación, al mismo tiempo que incorpora la ley.

El niño gusta de las caricaturas. Con sus personajes experimenta la aventura que quiere y no puede vivir. Con los protagonistas que alternativamente se desintegran y reintegran, él también se aventura en el mismo proceso: se desarma y se arma. Cuando no juega, es probable que su estructura psíquica haya tomado la ruta de la psicosis o del autismo.

Múltiples factores inyectan caos y extravíos en la vida de los hombres. Se buscan respuestas a tanto daño: mandas a los santos patronos, confesiones con el señor cura, rameadas, lectura de café, espiritismos. Surgen disciplinas como la psicología, el psicoanálisis, la psiquiatría, que, bien encausadas, favorecen la salud de los individuos.

La sociedad actual escasamente se interesa por la dimensión interna del hombre. Hogares y escuelas habitualmente soslayan el aspecto central señalado por Aristóteles: la importancia del arte en la salud del individuo. También Platón dijo que el hombre está más en su ser cuando ha cuidado su salud interna porque fuerzas oscuras (representadas con la alegoría del caballo negro) tenderán siempre a su extravío anímico.

¿Dónde se muestran esas eficacias artísticas? ¿En qué puede contribuir, por ejemplo, la danza?

El cuerpo es un texto: lenguaje. La danza, poesía corporal, armoniza los movimientos. El danzante, al mismo tiempo que desintoxica su piel y su sangre, purifica el alma. Con la danza el hombre desenajena su espacio. En el danzante se da la conjunción armónica de cuerpo, mente y tiempo. El hombre primitivo grabó esta comunión en las piedras y en las paredes de las cuevas.

El niño que pinta se pone colores en el alma; a través del acto de pintar, se construye, se estructura, y supera sus angustias.

La literatura amplía la perplejidad del mundo y llena de significantes la imaginación del niño. El poema es organización de palabras, juego, cadencia, consonancia, ritmo: eliminación de la agresividad verbal. Cuando el niño escucha poemas propios de su receptividad infantil, su dimensión profunda recibe ondas de sintaxis y de gramática, de coherencia verbal, el amor de las palabras; se alimenta de orden y de amor.

Cuando escucha o lee cuentos, leyendas, mitos, entiende que son mensajes de amor, ¿existe mejor acercamiento a los niños? Con la literatura se le proporciona un buen antídoto contra la soledad y el aburrimiento. Quien ama la lectura nunca estará solo.

Para Bruno Bettelheim (1977), los cuentos de hadas, de los que los niños disfrutan, narran, a un nivel profundo, la aventura del alma en su tránsito a su madurez e independencia; dicen al niño que debe asumir el protagonismo de su propia historia; la vida no es fácil, encontrará brujas y demonios en su camino, pero también duendes y hadas benéficos; no puede quedarse pasivo. Sus padres tendrán que partir; él solo debe y puede conseguir el objeto amado (símbolo de la realización personal).

La literatura logra que el individuo no se muera de realidad, que escape de la cárcel del significado, de la pobreza denotativa, que cultive, ensanche su capacidad de comprensión hacia los fondos de los diferentes discursos.

Un mensaje no dice cabalmente lo que enuncia: a veces más, a veces menos. Los lenguajes de las artes, del sueño y del mito, por ejemplo, dicen algo más hondo de lo que se percibe en principio. Su mayor comprensión sólo se consigue con la adquisición del lenguaje simbólico; en esta consecución la literatura es herramienta maestra.

Cuando el niño va a dormir, en las fronteras de su sueño, la voz de los abuelos, de los padres o de otra persona, puede constituir el llamado hacia un mundo de insospechada riqueza humana.

* Tomado del libro de estudios literarios La telaraña, de Antonio Durán Ruiz, publicado en la Colección Transeúnte Breve de Afínita Editorial México, Estado de México, 2010.

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