La tecnología en la sociedad del conocimiento

Publicado el 27 febrero 2011 por Fausto Carámbura*

Roberto Villers Aispuro

Editorialista invitado

El avance científico y tecnológico ha sido universalmente aceptado como el motor del desarrollo de la humanidad. Son comunes los enunciados “Economía del conocimiento”, o bien “Sociedad del conocimiento”, para significar que el uso y aplicación del conocimiento científico, tecnológico y humanístico contribuye al mejoramiento de las condiciones de vida de la sociedad.

Las discusiones para definir los conceptos y las medidas de la ciencia, la tecnología y la innovación han llevado a los organismos internacionales, concretamente a la OCDE, a desarrollar los manuales correspondientes para aplicar encuestas nacionales de ciencia y tecnología: Manual de Frascati (1963) y Manual de Oslo (1992).

En el de Frascatise precisaron diversos conceptos como la investigación básica, que permite generar nuevo conocimiento; la investigación aplicada que es generación de conocimiento con un objetivo práctico específico, y el desarrollo experimental, orientado a la producción de bienes y procesos.

Por su parte, el Manual de Oslo profundizó en la innovación como el proceso de incorporación de Tecnología de Productos y Procesos (TPP) en las empresas, fundamentalmente manufactureras, aunque, por las limitaciones de ese concepto fue posteriormente ampliado al sector servicios, incluyendo la innovación en la mercadotecnia y en los procesos organizacionales. Su aplicación hacia la medición de la incorporación de tecnología en las actividades públicas o incluso en las actividades sociales es una tarea inacabada.

Quizás por ello aún persisten las discusiones, que se antojan estériles, sobre las bondades de la ciencia básica y ciencia aplicada, sustentadas por cientistas sociales e ingenieros, respectivamente. O sobre los riesgos y el sojuzgamiento que provocan el uso de la tecnología a las sociedades menos desarrolladas a manos de quienes detentan su propiedad.

En ocasiones se asocia el hecho de la tecnología a un modelo de desarrollo con orientación neoliberal que impone a las regiones menos favorecidas modos de desarrollo basados en el intercambio desigual. Quizás se deba a que los primeros que generaron la tecnología, se reservaron su explotación exclusiva, aunque no faltaron los plagios tecnológicos. De ahí, que en Florencia y Venecia en el siglo XVe incluso desde los griegos se tiene conocimiento de la existencia del registro de la propiedad de nuevos dispositivos e inventos,para garantizar los derechos de los detentores de la tecnología que,a la vuelta de los siglos, hoy nos avasallan.

En países como el nuestro, con grandes disparidades regionales, la aplicación de la tecnología provoca distintos efectos. Ya Carlos Fuentes imaginaba al mundo convertido en dos quesos: por una parte el queso de la globalidad(el queso holandés Edam), en donde el uso del conocimiento provoca efectos sinérgicos positivos en un espacio isotrópico y, por otra parte, la crítica Gruyere, en donde los efectos de la tecnología ocurren de manera diferencial, puesto que hay más hoyos que queso.

Continuar con los modelos económicos occidentales de importación de productos y tecnología “llave en mano” no conduce en consecuencia al desarrollo de la sociedad, sino a su encadenamiento a los países más avanzados; pues hasta los lugares como los nuestros sólo llega la ‘tecnología chatarra’ controlada por un empresariado local más volcado a la ganancia fácil del comercio que al desarrollo de un sector industrial, impidiendo con ello la posibilidad de generar un saber hacer (nowhow) y una cultura tecnológica propia, sustentada en nuestra cultura milenaria; tal vez por eso Borges se lamentaba de ser más ignorante que un chofer en esos temas; quizás por eso logró serun escritor universal.

De ahí la importancia de considerar la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación como bienes públicos, soportados por políticas de Estado de largo aliento, que permitan incrementar paulatinamente los apoyos y el gasto en estos rubros, hasta alcanzar las proporciones establecidas desde 2005 en la Ley de Ciencia y Tecnología del 8% del PIB, que incluye el 1% para la ciencia. Mientras eso no ocurra, seguiremos siendo una región bananera, sin posibilidades de desarrollar cadenas de valor a la producción que beneficien a la sociedad en su conjunto.

En conclusión, sin maíz no hay país, reza un dicho popular; pero sin conocimiento propio, no hay ni maíz.

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